martes, 23 de septiembre de 2014

¿De dónde nos viene eso de decirle a los demás, qué deben hacer y cómo hacerlo?


¿De dónde nos viene eso de decirle a los demás, qué deben hacer y cómo hacerlo?

Nos viene de lejos en el tiempo esa práctica —entre perversa y ridícula—, de decirles a los demás países qué deben hacer y cómo deben hacerlo. También, nos encanta jugar a ser el país que sirva de ejemplo a los demás.

¿A qué se debe esa conducta? ¿Acaso al cinismo, dado el desastre que hemos construido de país? ¿En verdad no nos damos cuenta que en nada somos ejemplo salvo, quizás, en lo negativo?

No pocos políticos —gobernantes y funcionarios— del país que usted guste saben —desde hace años—, que para conocer de primera mano lo que habría que evitar en la gobernación y ver de cerca cómo no deben hacerse las cosas, hay que pasar en México una corta temporada. Digo corta porque, no se requiere mucho tiempo para darse cuenta de nuestra realidad la cual, cosa por demás curiosa, jamás está presente en el discurso que pronunciamos afuera. 

Hoy, por ejemplo, cuando apenas hemos dado el primer paso de una larga marcha que nos tomará muchos años —para transformar y poner al día nuestro atrasado, ineficiente y corrompido modelo energético—, no nos cansamos de repetir que llegarán decenas de miles de millones de dólares cuando ni siquiera hemos finiquitado la primera y más elemental de las etapas.

¿Acaso ese triunfalismo ramplón que nuestros políticos dejan ver, que marcó el discurso oficial desde los años 30 del siglo pasado, es lo único que explica nuestra propensión a ver a los demás como seguidores de nuestro modelo de gobernación?

¿Por qué no nos cuestionamos acerca de los efectos que dicha conducta acarrea? ¿Por qué no aceptar nuestra realidad para entender, qué lugar ocupamos en el concierto internacional? ¿Es positivo para el país, seguir manejando esa visión falsa mediante la cual nos presentamos como un país innovador, y modelo para los demás?

¿Acaso nadie se atreve a hacer valer la objetividad y la honradez intelectual, frente a la demagogia de los que insisten en difundir el cuento ése de un México que sólo está en la imaginación de nuestros políticos?

En la globalidad, aun cuando suene a una obviedad, las cosas deben manejarse de otra manera; en las economías cerradas, cuando la globalidad era limitada pues muy pocos países estaban incorporados a ella, era aceptable mentir flagrante y cínicamente cuando el gobernante o el funcionario exponían, en algún foro internacional, una visión idílica acerca de su  país y los problemas que enfrentaba.

Sin embargo, actuar así, hoy sólo lleva al ridículo; ¿ejemplos? Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa y lo que queda de los hermanos Castro para no salir de América Latina.

De ahí pues, que mucho bien nos haría considerar la utilidad —y conveniencia para el país y su imagen en el exterior—, de construir un nuevo discurso oficial que refleje la realidad de lo que somos, y cómo somos. Al respecto, ayer escribí aquí en Excélsior, en Dinero: “En la globalidad, aun cuando cueste trabajo entenderlo y aceptarlo, pocos son los secretos que pueden ser mantenidos por los países y su clase política; para decirlo claro: todo se sabe, y se sabe pronto”. Sí, afuera se sabe lo que somos, y cómo somos.

Evaluemos pues, objetivamente, el beneficio que traería pintar afuera un panorama cercano a nuestra realidad, y actuemos en consecuencia. Los que lo oyeren, al ver que sí refleja la realidad, confiarían en el país. Por el contrario, de seguir como a la fecha, nos esperaría más de lo mismo, el ridículo.

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