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Lo que quisiera saber de México
Qué hacer con la indignación/ con el horror/ sus voces/ dónde ponerlas/ ¿adentro o afuera del poema?/ y ¿para qué? me preguntaba/ y tenía lo confieso/ ganas de salir corriendo a otro poema/ y todo ese sufrimiento para qué/ pero es que no aceptaba que la poesía/ no hiciera nada frente al horror…” (Los Testimonios, Eros Ediciones, 2013). Así dicen los versos de Oscuro, el poema de María Rivera, escritora mexicana multipremiada a cambio de padecer —como suelen hacerlo los verdaderos poetas— los dolores que son de todos. México trágico que suma sucesos terribles uno tras otro hasta aturdirnos a todos los que como María quisiéramos entender. Hace casi ocho años que un gobernante patético cantó una guerra; la perdimos todos, lo entendemos, sin que de esa manera consigamos que regrese la paz. México inestable, temible con sus fosas repletas de restos humanos para los que no hay más consideración que argumentar y decidir si proceden de estos o aquellos crímenes. País de barbarie que no quiere ceder, mexicanos que habrán dejado de serlo hace mucho para convertirse en plaga criminal que nos amenaza a todos. Una sola tarea pudiera hacer sentido: entender a todos esos muertos que no tendrán más propósito que desestabilizar, desmoronar el orden público y conducirnos a la ingobernabilidad, al desorden que nos convierta en botín de vaya a saberse qué tantos intereses perversos. En esa tarea de comprender lo que no cesa de ocurrirnos semana a semana, mes a mes, tal vez no tengamos más recurso que la recreación estética, que el empleo hasta agotarlos si hace falta, de todos los recursos expresivos, hasta lamentar si hace falta, como lo hizo María, que la poesía nada pueda frente al horror. Nuestro país de hoy no puede pasarse por alto, nuestro comportamiento como pueblo, el de cada criminal, y sus consecuencias para cada mexicano tienen que activar la memoria histórica. Así está ocurriendo en cierto modo, para que imágenes, voces y crónicas saturen por momentos, por fechas y espacios específicos todas nuestras fuentes de información. Sólo que no es posible dejar de objetar los modos de hacernos saber qué está sucediendo. Tal vez la televisión, más que cualquier otro medio, recurra en forma extrema a la irreverencia total, a la sordidez y la brutalidad informativa sin que nadie se haga oír inconforme por eso. Otros medios, sin embargo, tampoco resultan impunes en sus formas de narrar la violencia absurda y sus secuelas de temor y desconfianza. Por momentos pareciera que el duelo nacional que a estas alturas debiera ser incuestionable resulta sustituido por ese modo indiferente, absolutamente irreverente, de dar cuenta de nuestras atrocidades. Amenazados como estamos en el más elemental derecho a convivir en orden y con plenas garantías de protección del Estado, tiene que resultar absurda la pretensión de gritar, alborotar, incendiar edificios, agitar en nombre de denuncias sin fundamento que sirven sólo para seguirlo enredando todo. En nuestro sagrado derecho a marchar, a exigir, a acusar, a estorbar los derechos de otros y a confundirlo todo, todos y cada uno de nosotros mexicanos nada estamos consiguiendo. México y su desorden social tendrían que obligarnos, en sensatez, a hacernos hacia atrás cuanto haga falta, a llevar cada uno su personal registro de todo lo que estamos viviendo, a no dejarnos tentar por las condiciones de un entorno que todo lo encubre, que nada garantiza y que sólo pareciera prometer desorden. Cada video, cada imagen, cada página y cada texto, los comentarios que nos vayan mereciendo, y sobre todo las conclusiones que creyéramos ir obteniendo debieran tener una sola consigna: la mesura. Horrible México, así como lo vivimos hoy, impensable la impunidad, no parecemos entender nuestra responsabilidad en el uso de los recursos expresivos que de verdad permitieran entender y decidir cómo vamos a proceder. Me gustaría amanecer en este México, el mismo con todo lo que lamentablemente nos está ofreciendo, pero con periodistas, artistas y audiencias capaces de contener su miedo para no convertirlo en esa protesta de cartabón que para nada sirve. No voy a cansarme de escuchar, de mirar con detenimiento, de leer cada línea, de entender cada imagen y cada opinión que ayude a resolver lo que sucede en tanto consiga definirlo, aislarlo, aclararlo para que de tan evidente sepamos todos quiénes han sido, cómo y por qué han procedido en perjuicio de todos los demás. Son horas que reclaman inteligencia para comprender y talento para proponer. Lo contrario: no dejar de gritar y agitar, no importa en qué dirección con tal de contener el miedo, nos está haciendo los noticieros, las revistas y los periódicos de las últimas semanas. Entiendo como mi personal responsabilidad la expresión objetiva, mesurada y certera de mi personal punto de vista acerca del México trágico. No encuentro otra forma de contrarrestar el calificativo, “oscuro”, que da nombre al poema de María.
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